El último “Hola”
La habitación estaba a oscuras, únicamente iluminada por la débil luz rojiza de los números digitales del reloj que marcaban las 05:59 del 25 de marzo y el suave resplandor blanquecino de la luna, que se colaba por la persiana medio bajada. La puerta estaba cerrada.
Se oyeron unos pasos y se encendió una luz al otro lado. Abrió la puerta. Al contraluz de la lámpara del pasillo podía verse a un hombre de mediana estatura y más bien enclenque. Encendió la luz de la habitación y se fijó en el bulto de la cama. Se acercó a él con determinación y tiró de la manta. El hombre que estaba todavía dormido era su vivo reflejo.
-A despertar, dormilón –le dijo mientras lo zarandeaba.
El hombre se desperezó, se frotó los ojos y miró a la persona que lo había despertado. Luego sonrió.
-Hola –dijo después de un sonoro bostezo.
-Hola.
-Un día más.
El otro hombre asintió y, sin decir nada más se volvió y se marchó por donde había venido.
Se levantó de la cama e hizo lo que hacía todos los días. Se duchó, tomo un café y acudió a su cita diaria. Cuando dieron las diez de la mañana salió como todos los días, a su oficina y, como todos los días, llegó a las diez y media.
-Hola, Adolfo –lo saludó la secretaria-. ¿Te has despertado bien hoy?
-Perfectamente, Mari, como todos los días –y una amplia sonrisa se dibujo en su rostro.
A las seis de la tarde salió de trabajar. Se despidió de la secretaria y cogió su coche de vuelta a casa. Se sentó en el sofá a ver la tele y, cuando los ojos empezaron a cerrársele, decidió irse a dormir.
***
Lea el resto »







