El último “Hola”
Nasgor | October 31, 2009
La habitación estaba a oscuras, únicamente iluminada por la débil luz rojiza de los números digitales del reloj que marcaban las 05:59 del 25 de marzo y el suave resplandor blanquecino de la luna, que se colaba por la persiana medio bajada. La puerta estaba cerrada.
Se oyeron unos pasos y se encendió una luz al otro lado. Abrió la puerta. Al contraluz de la lámpara del pasillo podía verse a un hombre de mediana estatura y más bien enclenque. Encendió la luz de la habitación y se fijó en el bulto de la cama. Se acercó a él con determinación y tiró de la manta. El hombre que estaba todavía dormido era su vivo reflejo.
-A despertar, dormilón –le dijo mientras lo zarandeaba.
El hombre se desperezó, se frotó los ojos y miró a la persona que lo había despertado. Luego sonrió.
-Hola –dijo después de un sonoro bostezo.
-Hola.
-Un día más.
El otro hombre asintió y, sin decir nada más se volvió y se marchó por donde había venido.
Se levantó de la cama e hizo lo que hacía todos los días. Se duchó, tomo un café y acudió a su cita diaria. Cuando dieron las diez de la mañana salió como todos los días, a su oficina y, como todos los días, llegó a las diez y media.
-Hola, Adolfo –lo saludó la secretaria-. ¿Te has despertado bien hoy?
-Perfectamente, Mari, como todos los días –y una amplia sonrisa se dibujo en su rostro.
A las seis de la tarde salió de trabajar. Se despidió de la secretaria y cogió su coche de vuelta a casa. Se sentó en el sofá a ver la tele y, cuando los ojos empezaron a cerrársele, decidió irse a dormir.
***
A la mañana siguiente, exactamente a las seis de la mañana del 26 de marzo, alguien lo zarandeó hasta despertarlo. Cuando consiguió abrir los ojos, vio a la misma persona que lo había despertado la mañana anterior. Sonrió ampliamente.
-Hola.
-Hola.
-Un día más.
En ese momento se fijó en su rostro, más pálido que de costumbre, pero, como acto seguido se fue, pensó que serían imaginaciones suyas y después del desayuno ya se le había olvidado.
El resto del día transcurrió igual que el anterior, acudió a su cita diaria, llego al trabajo a las diez y media y salió a las seis, sin ningún sobresalto. Nunca los tenía, todos los días eran iguales al anterior.
***
La habitación volvía a estar a oscuras, únicamente iluminada por la débil luz rojiza de los números digitales del reloj que marcaban las 05:59 del 27 de marzo y el suave resplandor blanquecino de la luna que se colaba por la persiana medio bajada. La puerta estaba cerrada. Pero esta vez no apareció nadie para despertarlo.
Cuando el sol entraba por la ventana Adolfo se despertó. Miró a su alrededor, esperando encontrar algo, pero no vio nada. Luego miró al reloj. Marcaba las once de la mañana. En su rostro se dibujó una mueca de preocupación. Ese día Adolfo no desayunó. Acudió a la cita más tarde de lo habitual pero, aun así, no llegó tarde y llamó a su secretaria para informarle de que no iría a trabajar. Volvió a su habitación y se acurrucó en una esquina. Los pensamientos se le entremezclaban y lo confundían aún más.
<<¿Por qué no estaba? ¿Dónde me he metido? ¿Qué va a pasarme?>>
Las horas pasaron, pero Adolfo no se movió de su esquina, no dejó de pensar en lo que había pasado y no podía dejar de imaginarse trágicas y horribles muertes. Temblaba de pies a cabeza, no paraba de sudar y cada vez estaba más pálido. El único movimiento que hacía era el de restregarse la cara con la mano para quitarse el sudor.
A las diez de la noche, Adolfo se levantó tambaleante, llegó a la habitación de al lado y entró en ella. La habitación estaba únicamente ocupada por una extraña máquina. Adolfo la miró con los ojos desorbitados y profirió un grito que, a medida que se iba apagando, él iba cayendo al suelo hasta, al final, convertirse en un susurro apenas audible que entonaba el sollozo de un hombre desesperado.
-¿Por qué? –consiguió decir entre lamentos-. ¿Por qué no has venido? Todavía queda mucho por delante; sólo tengo treinta y dos años, no merecía la muerte. ¿Qué ha podido pasarme? ¿Por qué tuve que hacerlo?
Adolfo se consumió entre sus penas, se desplomó y ya no se levantó más. Adolfo había muerto.
***
Un día antes, exactamente a las seis de la mañana del 26 de marzo, Adolfo entró a la habitación y zarandeo al hombre que estaba durmiendo hasta despertarlo. Este sonrió ampliamente. Adolfo lo miró entristecido, pero pensó que era mejor no decirle nada.
-Hola.
-Hola –respondió sin más; no quería que él notara sus preocupaciones.
-Un día más.
Esas palabras lo hirieron como un puñal en el corazón. Siempre decía eso al ver su rostro, pues sabía que tenía un día más de vida. En ese momento se fijó en su rostro, más pálido que de costumbre. Adolfo se dio cuenta y, por si acaso, se fue. Quizás no le diera mayor importancia al asunto si no le daba tiempo a verlo bien.
Cuando se dirigió a la sala contigua, vio la extraña máquina. Pero para él no era extraña, la usaba a diario. Hizo lo que siempre hacía y, cuando hubo terminado, regresó a su cuarto. En él ya no había nadie y el reloj marcaba la una del mediodía del 27 de marzo. Tomó su teléfono móvil y marcó el número de la oficina.
-¿Mary? –preguntó-. No, no voy a poder ir a la oficina –esperó mientras escuchaba la respuesta-. No, simplemente no voy a poder ir –le volvieron a interrumpir, así que esperó para seguir hablando-. Escucha: en el cajón izquierdo de mi mesilla hay unos papeles; quiero que mañana los cojas y los leas atentamente –en ellos había guardado su testamento, pero no se lo dijo.
Cuando terminó la conversación, se fue a una esquina de su cuarto y se quedó en ella todo el día hasta que decidió volver a la sala de la máquina donde, henchido de desesperación, dio su último aliento a la maldición de los viajes en el tiempo.
Beñat Bustamante
Septiembre de 2007








Pasaba por aquí……
Hola Beñat, me encantan los relatos cortos y por supuesto, me ha gustado el tuyo de hoy.
Te sigo la pista…. aunque no me veas mucho por aquí.
Un abrazo de osooooo
Itzi